¡NO ERES TU… SOY YO!

Los niños siempre buscan explorar su cuerpo, empiezan por manos y pies y luego se va complicando, por lo menos para mí, como en el día que se descubrió la nariz y lo que había en ella, ¡mocos! Le cantaba canciones, la entretenía, buscaba cambiar su foco de atención, casi nunca tenia éxito, pero yo lo seguía intentando y explicándole que las princesas no se meten los deditos a la nariz, recorría una a una, las princesas que conozco y le mostraba en dibujos animados que efectivamente esta conducta no la practicaban tan elegantes damas y mucho menos comían mocos.

Luego llegó el siguiente descubrimiento, lo entretenido que resulta comer uñas, y este me genero un gran malestar, todo el tiempo buscaba modelar conductas que “no permitieran” comer uñas, arreglarnos juntas las uñas, pintarlas, mostrarle que lindas eran cuando no se las comía, explicarle que la tijerita estaba triste, extrañaba cortar las uñitas y se iba a quedar sin trabajo, vuelve y juegan las princesas, que obvio tampoco se comían las uñas. Y bueno, ¡finalmente llegue al soborno!

Un día estábamos en un centro comercial y una niña estaba patinando, creo que María, hasta este momento, no conocía los patines. En un momento la veo que venía rápido y agitada hacia mí y me dice: “Mamá, mamá ven. Yo quiero caminar así”, me pareció tan tierno verla replicando el movimiento en sus zapatos, pero esta ternura se convirtió en el dichoso soborno. “Si hija! Que rico, caminar así se llama patinar, pero las niñas que se comen las uñas, no pueden patinar, porque se caen, claro que si tú no te vuelves a comer las uñas, yo te compro unos patines” (que pena, por favor que no salga de internet)

Así continuó el asunto de las uñas, a veces con mucha ternura, otras ya ofuscada, siempre claro está, mi soborno presente. La dejaba llorar cuando yo le decía que ya no iba a tener patines, cuando las personas la veían comiéndose las uñas, yo les decía así en ese tono de camaradería que usamos las mamás… “Pepita, ¿verdad que las niñas que se comen las uñas, no pueden patinar?  y claro, no sé por qué razón todo el mundo seguía el juego. ¿Y saben que logre? Que ella pretendiera (desde su pensamiento concreto) que al taparse con la otra mano, yo no viera lo que estaba haciendo y acto seguido, casi que aún con los dedos en la boca, me decía: “mamá, yo no he como as uñas, gas”.

Cualquier día, de esos vergonzosos días, me di cuenta que: NO ERA ELLA, ERA YO.

Realmente, aunque me siga pareciendo feo y poco higiénico y todo lo que se quiera decir del acto de comer uñas, que me parece realmente desagradable. Este problema era mío, sigue siendo mío, ella, no sé si desde la exploración, desde el gusto, desde la compulsión, desde alguna ansiedad (que tal vez yo le refounas-amigas-no-comidarcé) no tiene problema con seguirse comiéndose las uñas y los mocos a pesar de todos mis esfuerzos por evitarlo.

Mi conclusión fue esta, era mi problema y estaba descargándolo en ella, tal vez haciendo que fuera más divertido por tenerse que esconder o generándole otra ansiedad que perpetuara las conductas indeseadas, para mí. A partir de ahí, le dije, es tu problema, trato cada vez que la veo decirle de una manera cordial y amable que no se coma las uñas, sacando los deditos de su boca, diciendo “manos arriba” con el mismo objetivo. Pero no volví a sobornarla con sus deseados patines. Pienso que es algo que yo debo trabajar y fortalecer, ya que no podre controlar su vida, sus gustos, sus decisiones y tendré o tendremos juntas que ir descubriendo el impacto que tengan y hasta donde yo pueda entrar a ejercer mi sagrado derecho a la educación y corrección de mi hija.

Escuche al Dr. Carlos González, en una entrevista decir que si alguien le garantizaba que esos fueran los problemas (refiriéndose a comer uñas, mocos, brincar en los muebles, etc.) que iban a tener sus hijos en la adolescencia y la adultez, que no mas era decirle donde firmaba. Yo también espero que los nuestros no sean más graves que comerse las uñas, pero la verdad también espero que tan indeseada conducta (para mí) desaparezca. 

Confieso, finalmente, que  anhelo que María no se meta mas los dedos a la boca ni a la nariz (para comer ya saben que… mocos) y espero que un día, quiera tener sus uñas largas, pintadas de mil colores (como yo lo anhelo) por ahora solo me queda, intentar con amabilidad y firmeza que no lo haga y aguantar mi dolor y mi vergüenza, como responsabilidad únicamente mía.

Así es hija, que, ¡NO ERES TU… SOY YO!

 

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