NUESTRAS PRIMERAS VACACIONES

Estas son nuestras primeras vacaciones oficiales después de ser mamá, porque antes habíamos tenido salidas de casa para encontrarnos con mi familia, así que la dinámica del hotel, por más de 1 o 2 noches, no la habíamos experimentado, tener que comer por tanto tiempo fuera de casa, y, además, no habíamos estado solas, ELLA Y YO, tanto tiempo. Pasábamos ella conmigo y yo con ella por una semana, tuvimos que conversar, preguntarnos cosas como ¿me acompañas a tomar un café?, ¿Qué quieres almorzar? (cosa que en casa no ocurre); también hicimos cosas atípicas, salir a caminar, por horas incluso, montar en bus, turistear, buscar y encontrar amigos que no nos imaginamos, para ella todos eran “mis amigos”. 

¿Por qué mas las considero nuestras primeras vacaciones? Porque ya el papá nos había invitado a otros viajes de trabajo (exactamente dos, uno por cada año) donde hubiéramos tenido la oportunidad de hacer estas cosas, pero “muchas” cosas ocurrieron para no ir. María estaba muy pequeña, eran unos viajes muy largos, de más de 12 horas en avión, ir a otros continentes con costumbres tan diferentes, la comida era diferente y como lo hubiera hecho con ella, me daba temor que se enfermara y ¿qué hubiéramos hecho?, el terrorismo asechando el mundo, y yo con la niña, el clima inclemente y todas las que ustedes quieran agregar a la lista.

Se preguntarán ¿Y por qué no fuiste y dejaban a la niña? Esa tiene otra explicación, muy válida, ¿y si nos pasaba algo a los dos, y la niña? Había que tener en cuenta el peligro que se corre al atravesar el océano en avión, una mujer acompañada de un católico en un país musulmán, los sitios turísticos tan vulnerables a los ataques terroristas. Además, la niña nunca se ha quedado con otras personas, que tal y llore (como si no lo hiciera conmigo, jajajajaja), y nosotros bien lejos para solucionar algo, ¿y si le pasa algo a la niña? No me perdonaría pensar que yo la deje ‘sola’. Además, con lo que me había costado establecer las rutinas, y lo más seguro, era que llegábamos y me tocaba empezar nuevamente.

No era una decisión fácil, porque cuando te ponen opciones como las de viajar a lugares que siempre has deseado, que sabes que la mayoría de las personas se sentirían felices de hacer un viaje como esos, y decir NO, no era fácil de verdad, había como una leve vocecita, que me decía “¿Pendeja, como te vas a perder esto?” pero mi energía interna, mi capacidad de pensar, tomar decisiones y llegar a la acción, estaba en modo “deje así”, mi estado emocional era el que definitivamente no quería cruzar del baño a la sala, mucho menos querría cruzar el océano.  

Esa última razón, después de gastarme la poca energía que tenía inventando tanto cuento, era la que no me dejaba dar el paso, yo no sentía esa emoción que se siente por pensar un viaje casi mágico, no quería soportar mucho calor, pero tampoco la incomodidad de tantas cosas encima, cuando hace frio, yo prefería no tener que hacer nada, por lo menos, nada diferente. Estar con la niña, hacer lo de siempre, sin cambios, sin sorpresas, sin tener que moverme y no solo hablo del movimiento físico, yo quería evitar la fatiga mental. Viajando hay que activar mecanismos, que en la cotidianidad no aparecerían, para acomodarse, para disfrutar, para aceptar los imprevistos, hablar otros idiomas o por lo menos intentarlo, porque hay que hacerse entender.

¿Y todo este cuento para qué? Para mostrarles de manera abierta y transparente, como es mi intensión, hasta donde llega la depresión, yo espero haber podido transmitir esa emoción de nada, como de limbo, como de no estar claros si se existe o no, de no querer asumir una misión que entrega Dios, el destino, la naturaleza, la luz (ponle el nombre con el que te sientas cómodo) por medio de un regalo, la vida de un ser humano, que buscaste, deseaste, imaginaste y ahora te necesita y depende en todos los aspectos de ti. Técnicamente aún son uno solo, a un bebé recién nacido le faltan un par de años para darse cuenta que él no es tu, que mamá es una persona y “bebé” es otra persona, que puede ir y venir sin mamá. Y esa es una de las partes más lindas de la psicología, ese encuentro y esa separación, de ahí depende en gran medida el resto de la vida, de la vida psíquica.

 Yo por esta razón, sabiendo la importancia de la construcción de este vínculo, sentí mucha culpa, si me aceptan la palabra, remordimiento, porque estaba privando a mi hija de conformar un vínculo sano que luego se reflejaría en una persona sana, mental y físicamente. 

Hoy, me pido perdón a mí misma, por no haber hecho lo que debí haber hecho a tiempo, CONSULTAR, buscar ayuda.

María nació en el 2013 y casi 3años después, me doy cuenta que a pesar de todas las dificultades, a pesar de enojarme con ella y añorar las vacaciones, de manejar mi tiempo, tomar algo en la noche, bañarme hasta quedar arrugada, leer (mi libro ahora va a casa igual a como lo traje), ver tv (diferente a pepa, la princesa Sofía y ahora sumémosle el de la región, el payaso patati patata), vestirme según mi gusto, no la seguridad de los tenis; nos estamos disfrutando; hoy siento que no lo hice tan mal, tal vez, que juntas la pasamos muy bien! Y cada año que pasa es un regalo para las dos, ella me eligió a mí, yo la recibí a ella.

Finalmente tengo para decir que: ¡sí! se sale de ese estado, ¡sí!  llega el día en el que se disfruta, ¡sí! ¡llega el día en el que se asume!

Y si yo lo voy logrando, ¡todas lo podemos hacer! 

Siguen apareciendo los altibajos, los días que nos cuestionamos, que deseamos seguir durmiendo, deseamos ser dueñas del control (no solo del tv), deseamos nuestra vida anterior (jajaaja), apagarlos y meterlos nuevamente a la caja, pero eso no dura mucho, predomina el disfrute, se ve en ellos el reflejo del amor más puro y verdadero y tal vez lo más representativo y prueba que más allá de la depresión hay otra vida, es que los ves y logras planear o por lo menos imaginar el futuro, siempre y la vida lo permita CON ELLOS.

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