¿Y YO, QUE APORTO?

¿Y no aporto nada a la casa?

¡Mi pareja se va a sentir con licencia de pensar que yo soy una cómoda!

¡Es que soy trabajadora, me gusta hacer plata y justificar por qué paso menos tiempo con mis hijos!

¡Trabajo porque me gusta, porque me apasiona; no quiero dejar de hacerlo!

¡No quiero ser ama de casa!

¡No quiero ser mantenida!

¡No quiero dejar a mis hijos al cuidado de otros!

¡Disfruto cuidando a mi familia!

¡Aporto mi vida!

 

Creo que hace 60 o 70 años, por lo menos en mi país, tal vez hasta hace un poco menos, la mayoría de las mujeres no contaba entre sus preocupaciones elegir qué querían hacer con sus vidas.

De alguna manera esto estaba “solucionado”, al menos socialmente.

Cuando hablo con mis abuelas, ambas de un pueblo, encuentro que sus opciones eran el noviciado, dedicarse al hogar para luego cuidar de sus padres, hermanos y hasta sobrinos (algo así como la tía beata); formarse para ser educadoras O casarse.

Sí, “O” en mayúscula, porque difícilmente podrían usar el “Y” que incluiría varias de estas.

Mis abuelas, obviamente, eligieron el matrimonio (Bueno, no estoy segura que el matrimonio no las haya elegido a ellas), y así formaban y mantenían sus grupos de amigas, con las que compartían esta labor.

Me cuentan que entre ellas se ayudaban, y ser amas de casa no les generaba mayores preocupaciones ni interrogantes, ya que era lo “normal” o era la “obligación” que “habían elegido”.

Sé que es un poco complejo de entender en esta época, pero así lo expresan ellas, una obligación que eligieron, tomaron y dignamente desarrollaron.

Hoy, no esta tan fácil para nosotras, porque además de esas opciones que ellas tuvieron, existen no sé cuantas más.

Podemos ser desde rebeldes sin causa, presidentas y llegar hasta altos cargos en la Nasa. Y en toda esta línea de logros, encontramos a las mamás profesionales, la esposa y mamá tradicional, la mamá soltera, la que es solo esposa y no mamá, la que “lleva” una familia y es ama de casa, la que maneja sus finanzas o la comparte, la que trabaja desde la casa, la que va a la oficina y hace viajes de trabajo o la que maneja su tiempo (jajajajaja bueno, digamos que esto lo menciono, porque en teoría algunas lo logran).

En fin, la lista aún es larga, pero el punto al que quiero llegar es que sin importar cual elegimos, casi siempre estamos inconformes, algo falta o algo sobra, para nosotras o para el mundo que constantemente nos evalúa… y nosotras se lo permitimos, porque somos nuestras principales juezas.

Recuerdo a Mafalda y Susanita, ambas, extremos polares de su proyección como mujeres; (como recordarán, se les hacía difícil comprenderse). Mafalda no concebía el sentido del mundo de su amiga, soñando con esposo y muchos hijitos y Susanita, cuando mucho, alcanzaba a entender las reflexiones sociales y políticas de Mafalda.

Incluso así, cada una desde un polo opuesto, NUNCA, o al lo menos hasta donde me leí a Quino, dejaron de ser amigas, no dejaron de compartir sus amigos, no dejaron de compartir sus juegos y ninguna escondió sus sueños ni sus reflexiones por el temor de ser criticada, censurada o no aceptada por la otra.

A veces me siento viviendo entre Mafalda y Susanita, pero canibalizadas.

Nos polarizamos en que si eres ama de casa, NO APORTAS a tu familia; pero, si trabajas, tampoco, porque es como una especie de abandono. Si tu aporte no es económico, eres una mantenida (una palabra tan fuerte, a mi parecer); pero tu aporte de acompañamiento, servicio, y calidez de hogar para algunos no es suficiente, y cuando digo “algunos” nos incluye a nosotras mismas.

Parece que viviéramos en la sociedad del ni sí, ni no; sino todo lo contrario.

Una ambivalencia de la cual no escapamos y no encontramos salidas alternas.

Que tal buscar construirnos como mujeres, mamás, esposas, empleadas, independientes, rebeldes sin causa, mamás de perro o gato, líderes políticos o cuidadoras; en fin, cualquiera de ellas o muchas, pero felices y con la firme convicción de que no lo hacemos perfecto, ¡pero lo hacemos bien!

Que desde cualquiera de estos puntos estamos haciendo aportes para nuestra sociedad, para nuestras familias y para nosotras mismas.

¿Y quién se tiene que convencer y empoderar de esta “lucha”? ¡TÚ!  ¡YO! y ¡NOSOTRAS!

Y a partir de que seamos cada una de nosotras de manera genuina, quien asuma su papel en el mundo como lo crea, lo construya, lo significa y resignifica, le daremos al mundo el mensaje de no tener que ser perfectas o ser algo que no queremos, para ser las mejores, en lo que cada una disponga hacer de su vida y con su vida.

PD: Este texto es para mi amiga Mafalda con mucho amor y agradecimiento y para mí con mucho coraje por INTENTAR lograrlo y difundirlo.

 

 

 

 

 

 

 

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